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    El Simón Bolívar de Bogotá: un espacio para soñar

    Parque Simon BolivarPor: Carlos Mario Cuadros M. *
           Especial para Bogotá Occidente
     

    La idea ese día era visitar el parque Simón Bolívar, en la capital colombiana. Nos levantamos muy temprano con el propósito de hacer todo el recorrido y evitar el sol picante del medio día.

    espués de ducharnos con agüita caliente, y vestirnos de manera apropiada con jeans y sacos de lana, para conservar el calor corporal, y calzar zapatos tenis para evitar el cansancio, mis acompañantes -diez en total- dos niñas, cuatro niños, tres mujeres y mi hermano, tomamos camino hacia el sitio, cargando además, un maletín donde llevamos agua para hidratarnos, bloqueador solar y una bolsa plástica por si las moscas.En los quince años que llevo viviendo en Bogotá era la primera vez que los invitaba a este lugar, así que desde los más pequeños hasta los mayores, estaban ansiosos por conocerlo. La ruta del bus nos dejó sobre la Avenida 68 frente al diamante de béisbol del parque el Salitre. Aunque el puente peatonal se veía a simple vista muy largo, pudimos vencer el espacio de manera rápida; el corazón de todos se aceleró y la ansiedad nuevamente hizo presa de nosotros. Por fin estábamos en una de las seis entradas del parque metropolitano más grande de América Latina; en el corazón recreativo de la ciudad y un oasis que le da vida al paisaje, en medio del color gris claro del concreto.

    Parque Simon BolivarNo podíamos dejar de admirar el paisaje; de antemano sabíamos que el recorrido total del parque nos tomaría cerca de dos horas, ya que la información que poseíamos era que tiene una extensión aproximada de 113 hectáreas y una red de caminos de 16 kilómetros.Durante el camino nos encontramos con pocas personas, algunos en sudadera y con gorra, otros en pantaloneta y chaqueta, otros con camisilla y bermudas y una persona en particular nos pareció simpática, porque tenía bufanda, gafas para el sol, toalla alrededor del cuello, sudadera y zapatos de cuero. Los árboles a nuestro alrededor nos llenaban los pulmones de aire fresco. El olor del eucalipto nos transportó a un rincón muy cerca de la casa de mis padres, en un pequeño poblado a la afueras de la ciudad de Medellín. Desde el lugar donde nos encontrábamos podíamos observar árboles de todas las especies y tamaños como cedros, acacias, arrayanes, pinos, sauces, espinos, urapanes y sauco, entre algunos de los 3600 sembrados en aquel terreno.

    El Lago
    Al llegar al lago, lo primero que sentimos fue una ráfaga de viento que nos enfrió hasta los pies. Los pequeños patos que tranquilamente estaban nadando ni se percataron de nuestra presencia, porque los chiquillos tampoco los vieron, ya que lo primero que hicieron fue montarse en los columpios que están a la orilla, y los que en cada vaivén, pareciera como si fueran a aterrizar en el agua.

    Desde la margen del lago se podía observar muchas de las cosas que existen en la parte occidental del parque: una pequeña colina tupida de vegetación, que nos brindó un horizonte impresionante, ver el inmenso lago artificial de 11 hectáreas de longitud, la isla que se eleva sobre el lago como una enorme sombra verde y el templete eucarístico, construido inicialmente para Pablo VI, en su visita de 1968, y para Juan Pablo II, en 1986. A pesar de provenir de un poblado donde abunda el verdor del campo, no pudimos evitar sentirnos impresionados con aquel espectáculo, porque era imposible aceptar que en una ciudad tan grande como Bogotá pudiese existir un lugar diferente a concreto y ladrillo.Para todos resultaba sorprendente admitir que este sitio que los fines de semana se mantiene repleto de personas, carpas coloridas regadas por todo el parque, personas jugando fútbol, frisby, corriendo, saltando, patinando, entrenando, aminar por el espacioso sendero de ladrillo gris nos llevo rápidamente al parque infantil más grande que habíamos visto o al menos el más espacioso; columpios, rodaderos, laberintos, poleas, sube y baja; todos pintados de color azul, lila y beige. Los adultos nos sentamos en una de las bancas, mientras los niños se arrojaron en loca carrera a disfrutar de todo lo que había. El vendedor de helados hizo lo suyo y los hombres terminamos deleitándonos con unas ricas paletas de agua, en tanto las mujeres se fueron a buscar donde comprar unos tintos para calentarse.  Eran las nueve de la mañana y los niños no habían terminado de jugar, los adultos nos entreteníamos hablando del pasado, de cómo en nuestra infancia no se contaba con tantas cosas para jugar y nos divertíamos jugando golosa, con bolas de cristal o a las muñecas.

    Parque Simon BolivarMenos mal que el paseo no era por todo el sistema de parques del Simón Bolívar, porque con los niños habría resultdo un poco difícil hacerlo ya que su extensión es mayor a la del Central Park de Nueva York. Como lo había presentido el recorrido había llegado a su fin. La hora y media que estuvimos dentro del parque fue suficiente para vencernos, a unos por el esfuerzo físico que les había exigido el juego y a los otros el estar pendientes de todo. La plaza de eventos, con capacidad para ochenta mil personas, la concha acústica, el monumento bolivariano, la terraza mirador, el parqueadero y la cascada tallada en piedra, tendrían que esperar para conocerlas en otra ocasión, pero lo bueno que nos había dejado la visita era, que ahora ya podríamos contar en el pueblo, que habíamos estado en el parque Simón Bolívar de la ciudad de Bogotá, el parque metropolitano más grande de América latina, el mismo que se ve en la televisión cuando presentan los eventos del Festival de Verano, Rock al Parque, Salsa al Parque, el Festival Iberoamericano de Teatro, o conciertos, como el de Shakira. Mexicanos, estadounidenses, europeos, argentinos, chinos y de otras nacionalidades, al igual que colombianos de todas las latitudes, visitan diariamente el parque, y aunque no se imaginan que la obra sea diferente a lo que se planeó originalmente, se gozan cada pedazo de verde con intensidad.

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