Una residencia vista con ojos de mujer
Por: Gloria Lugo
Especial para Bogotá Occidente
Una tarde de domingo, caminando por una zona muy popular de Bogotá, en medio de cines, centros comerciales y uno que otro bar, nos decidimos a entrar en un lugar de esos, que en el lenguaje popular se conoce con muchos nombres: algunos les llaman moteles, otros les dicen residencias o como titulan varios de sus letreros: hostales. La zona está llena de ellos.
Son más o menos siete u ocho cuadras de imponentes edificaciones que están al respaldo de los bares que quedan sobre la Avenida Primero de Mayo.
Mientras uno camina por allí buscando un sitio que no se vea tan mal, salen de puertas pequeñas o grandes garajes, hombres vestidos con uniformes de vigilantes o con chaquetas impermeables en las cuales llevan el logo o el nombre del sitio que representan.
Algunos se abalanzaban sobre nosotros, invitándonos a seguir y a aprovechar la promoción del día, mientras los otros aguardaban impacientes a que continuáramos nuestro camino hacia ellos. Luego de haber recorrido casi tres cuadras escogiendo el mejor lugar o por lo menos, el más agradable a la vista o asequible al bolsillo, entramos a uno llamado Luna Azul, una edificación de unos cinco pisos, con paredes de ladrillos pequeños, y pintada de colores vistosos, azul y amarillo.
Al cual, algunas plantas con flores sembradas en el antejardín le daban un toque menos frío que los demás lugares del sector.
Al ingresar, lo primero que uno se encuentra es un sex shop, con su nombre en letras de neon, luego con un fuerte sonido, se abre una reja que nos conduce a una recepción muy particular: a mano derecha de la escalera una pileta rodeada de plantas, a mano izquierda y de fondo, un mesón y una vitrina como los de un bar, tras la barra una menuda mujer con un uniforme de chaleco camisa y corbata, nos ofrece una bebida antes de preguntar: “¿Cómo desean la habitación?”.
Responder esa pegunta en este momento suena sencillo, pero allí en medio de ese lugar, donde uno siente que las personas lo observan a la cara creándose su propia opinión de por qué razón estamos allí y no en la casa de alguno de los dos, consideré que era mejor dejar que hablara mi acompañante:
“Una con jacuzzi por favor”. Una vez dicho esto, la mujer de la recepción habló por un radio, anunciándole a otra persona nuestra llegada al segundo piso y señalando con la mano izquierda nos indicó por donde subir. Luego de pasar las escaleras, estábamos un piso más arriba y observábamos un pasillo largo, solitario y silencioso, el cual era tenuemente iluminado con una luz de fluorescente de color morado.
Del siguiente piso viene bajando una mujer también uniformada, que nos indica que la sigamos y nos guía hasta la habitación; abre la puerta y mientras ingresamos al cuarto, ella va cerrando unas pesadas cortinas de color amarillo que cubren otras de velo transparentes en el ventanal que da a la calle.
Luego se dispone a abrir el agua en el jacuzzi para que se vaya llenando y ubicándose en la puerta antes de salir de la habitación, nos dice la tarifa a pagar por el derecho a estar durante un máximo de cuatro horas en ese lugar.
El cuarto es bastante grande, las paredes cubiertas con papel de colgadura color pastel, el piso con baldosas de color azul cielo y los muebles de madera con un diseño tradicional.
En medio de la habitación, la cama, frente a ella un mueble de madera en el cual están encajados un televisor más o menos grande y una grabadora; al sentarme en el borde de la cama para poner algo de música, se siente que el colchón está un poco duro, una vez encendida la grabadora en esa emisora está sonando una canción de Ricardo Arjona, un dial tal vez puesto al azar por las personas que arreglan la habitación o tal vez, dejado allí por la pareja anterior que decidió poner una emisora de música romántica para hacer su rato mas encantador.
Aquella cama dura, estaba cubierta por una colcha de color azul, dos cobijas y unas sábanas blancas que llevaban impreso el logo del lugar, las almohadas (que por cierto, también estaban un poco tiesas), igualmente tenían unas fundas blancas con el logo del sitio, además de una imagen de unas flores bordadas en ellas.
Tanto almohadas como colchón estaban cubiertos por una tela en material impermeable; todo esto, hacía que la situación fuera muy poco relajante para mí, ya que me estresaba la idea de pensar ¿cuántas personas habrán pasado entes por allí?
En otra parte de la habitación se encontraba el baño, un espacio bastante amplio, con una decoración particular, paredes con baldosas de colores azules y blancos e iluminado por una luz fluorescente de color naranja casi rojo.
El sitio que daba cabida al jacuzzi, la ducha, el lavamanos y el sanitario, este último que muy particularmente llevaba un letrero que decía: “esterilizado para su protección”, creo que para darle un poco de seguridad a los usuarios, pero en lugar de generarme eso, me sentí un más asustada de pensar ¿en dónde me había metido? En el mismo mueble donde estaba el televisor, justo debajo de la grabadora, había un pequeño kit de objetos que se podían necesitar a la hora de meterse al baño: una toalla, unas pantuflas desechables, jabón y un gorro de baño; todos portando el logo-símbolo del lugar, una media luna que cubría a una pareja entrelazada, con muy poca ropa y debajo de ellos, el nombre del hostal con cinco estrellas pintadas al final.
La salida no fue menos incomoda que la llegada, tan pronto abrimos la puerta de la habitación, habían dos señoras en el pasillo, quienes armadas de escobas, traperos y baldes, se disponían a asearla inmediatamente.
Bajamos las escaleras y al momento de salir iba entrando otra pareja, la cual no dio tiempo de mucho, simplemente solicitaron la habitación y subieron directamente al quinto piso, sin realizar mucho contacto visual con nosotros, ni dar espacio para que la niña de la recepción les ofreciera la bebida de entrada.
Salimos por una de las puertas que nos llevaba sobre la cuadra de los otros hostales y muy disimuladamente, pasando de nuevo a muchos de los porteros-anunciantes, logramos llegar hasta la avenida principal, simplemente sin mirar a nadie, rogando para no encontrarnos con alguien conocido que pudiera darse cuenta de dónde veníamos.
Una vez allí no había más camino que cruzar la Avenida y confundirnos entre la gente que simplemente esa tarde de domingo, sólo estaban en la zona, para ir a cine, comprar algunas cosas en el centro comercial o tomarse algo en uno de los bares del sector.







