La voz de los niños, niños, con los pies ampollados
Johan Steven es el hijo que quedó en medio de la guerra. Su familia fue separada a las malas por cuenta de las Farc. El padre del niño, el cabo Libio José Martínez es junto a su compañero Pablo Emilio Moncayo los militares secuestrados que más tiempo llevan de plagio: 11 años y meses. Ahora el pequeño, alentado por el ejemplo del profesor Gustavo Moncayo, padre del cabo Pablo Emilio, también caminó para exigir la liberación de su papito. Un niño que es todo un papá.
Por: Leopoldo de Quevedo y Monroy
Especial para Bogotá Occidente
Cali
Johan Steven Martínez, niño que ya salió del huevo de la inconciencia, apenas tiene 11 años y ya sabe lo que es la guerra, lo que es la politiquería y lo que es el odio. A sus cortos años debió ponerse pantalones largos, dejar las clases en el colegio y salir a gritar a los oídos del presidente y a quienes tienen cautivo a su padre, el cabo Libio José, que lo dejen volver a casa.
La prensa y los grandes medios han vuelto noticia a Johan Steven. Y han llenado un cuarto de página y le han abierto micrófonos. Al leer lo que dice el niño, aparece de bulto su reciedumbre y la claridad de su decisión. Él es un hijo de Ospina, un pueblito abandonado de Nariño. Es hijo de una de tantas familias que han donado a sus hijos a la Patria. Por allá no hay carreteras asfaltadas ni llega el avión. ¿Quién se interesaría por un soldado más caído cautivo en la guerra que tienen el gobierno y las farc?
Allá llueve, sale el sol, pagan impuestos y niños y niñas esperan vivir bien, educarse y tener oportunidades como las que tiene el ser humano en el mundo. Esperan besar a su madre al comenzar el día y salir de la mano del padre cuando viene de trabajar y sufrir. ¿Qué más podía hacer Johan Steven si su padre fue alejado de su cuna antes de llegar a la vida? Ahora ya es mayorcito y se da cuenta de la función de la constitución y las autoridades. Y ha salido a pronunciar su discurso sin espuela ni mala intención.
¿Por qué será que su padre no vuelve si las farc por fin anunciaron que lo dejarían en libertad? ¿No bastan once años que ellos lo retuvieron? ¿Cuántos más días o meses tendrá Johan que esperar a quien tiene el poder en su mano para que lo pueda abrazar y besar? ¿Acaso él no es un niño de casa, como Tomás y Jerónimo, que ansía la protección de su padre? ¿Acaso no hay una canción que en las cuñas oficiales dice que en Colombia los niños tienen derecho primero?
No habrá que librar guerras costosas, no habrá que gastar gasolina en helicópteros, no habrá que acabar con el Plan Colombia, no habrá necesidad de pedir mediación de la ONU. Eso lo sabe el buen Johan a sus once añitos. No necesita irlo a oír a la Bolivariana ni a Harvard. Sólo falta buena intención. Sólo falta una seña de solidaridad humanitaria por un ciudadano ausente de su casita en Ospina.
¿Cuántos meses lleva el profesor Moncayo rogando en Roma, en Francia, en Venezuela con sus pies amoratados, con su rosario de lágrimas en la garganta? ¿Cuántas más humillaciones en la mejor y única patria que tenemos? ¿Tendrá Johan que aguantar hambres, noches en vela, llegar hasta la China o a pedirle a Alá que se apiade de él porque en la católica patria el odio y las “Razones de Estado” no bastan para devolver la libertad a su padre? ¿Qué más necesitaremos para que los que tienen posibilidad de un abrazo paterno o filial lo puedan al fin recibir?
Si la tenacidad y el abandono del cargo de Moncayo no han bastado más sus caminatas y las palmaditas del Papa, tal vez, ahora convenzan más las simples palabras de un niño que no se deja manipular por las preguntas políticas de entrevistadores de oficio.












